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Roberto de Vicenzo cumple 80 años.
El genial Roberto de Vicenzo repasa su vida.
15 de Abril de 2003 -
El golfista argentino que paseó su talento por el mundo ha cumplido 80 años. Y en una charla con el periódico Clarín revive momentos, anécdotas y pasiones al ritmo del deporte que ama.
Cuando vaya a saber quién abra en el año 2070 una de las varias cápsulas del tiempo creadas en Estados Unidos para mostrarle a las futuras generaciones algunos hechos y personas clave del siglo pasado, dentro encontrará un guante de golf firmado por él. El mismo que es uno de los cinco miembros honorarios del Saint Andrews Club, la cuna del golf. El mismo que ingresó en 1989 al Salón de la Fama de Estados Unidos. El mismo que repartió talento y recibió elogios por el mundo. Allí, en esa cápsula del tiempo perdurará la figura de Roberto De Vicenzo, quien hoy cumple 80 años.
Antes del mano a mano con Clarín, en la producción fotográfica arremete con la ironía y el humor. "Nunca en mi vida estuve tan cerca de una bandera en una cancha de golf", dice con una sonrisa. Y después mira fijo la lente y exclama: "Pura napia me sacás. Mirá que napia tengo...".
—¿Le gusta recordar su carrera o prefiere no hacerlo por la nostalgia?.
—¿Qué nostalgia? Lo que pasó, pasó. Algunas cosas te dejan sensaciones feas, pero en general tuve una vida muy buena, con éxito en el deporte, 57 años casado con la misma mujer, una familia que me acompaña y relaciones humanas muy buenas.
—¿Y qué es lo que más extraña?.
—Los viajes que ya no hago, ni puedo ni quiero hacerlos. Extraño las sensaciones que me daba pegarle a una pelota. Antes le llegaba al corazón y ahora apenas si puedo llegar a la cáscara. Las fuerzas se fueron, la noción de distancia se perdió. Antes el viento me hacía volar el pelo; ahora me hace llorar los ojos. Nunca creí que iba a llegar a los 80 años. Sin embargo, aquí estoy. Y ahora creo que nunca me voy a morir. Sin embargo, me voy a morir. Que no te quepa la menor duda. Estoy más cerca del hoyo que del tee de salida. Lo único que espero es que no venga un desgraciado y me empuje.
"En casa, muchas veces faltaba para comer. Entonces me las rebuscaba sacando las pelotas de la laguna del Club Argentino de Migueletes. Le fui tomando el gusto al golf y cuando mamá me mandaba de compras, iba por las calles de tierra pegándole a las piedras con un palito".
—¿Lo asombra el progreso del golf?.
—Es que no solamente el golf ha crecido, sino todos los deportes. Hoy, el deportista que no es bueno mundialmente puede gozar con los que lo rodean, pero nada más.
—¿Y el entorno cambió demasiado?.
—Ahora es mayor, más entusiasta y más interesado. Hay más medios y más empresas que se preocupan por colaborar con el deporte, ya que un torneo de golf bien organizado lleva 15.000 personas.
"En 1950 me invitaron a Europa en un viejo barco de guerra. '¿Y si se hunde?', pensé. Así que invité a Antonio Cerdá, Eduardo Blasi y Ricardo Rossi. Si me ahogaba, por lo menos los rivales venían conmigo".
—¿Se le acercaron muchos personajes por conveniencia?.
—En mis tiempos sólo había admiración. Además, los premios no eran los mismos. Mis ganancias habituales eran de entre 2.000 y 4.000 dólares.
—¿Lamenta no competir hoy?.
—No. Aprendí a no sentir rencor ni envidia. Empujo los triunfos de nuestros compatriotas y me resulta agradable cuando veo que están prendidos. No soy de los que quiero que el de abajo me busque a mí. Yo quiero alcanzar al de arriba.
"A los veintipico, un club importante del país me ofrecía un buen sueldo pero no me dejaba entrar al comedor ni a los baños. Les dije que no me importaba el dinero, pero quería ir a los baños y al comedor. Me aceptaron. Otro profesional más importante peleó para que me bajaran, no para que él subiera. Eso me hizo aprender que la vida no era así, que hay que pelear para subir".
—¿Cómo convivió con la fama?.
—No tuve fama. No me interesa ni la quiero. Quiero que nadie me muestre que soy distinto. Soy igual a todo el mundo. Hay miles de personas más importantes que yo. Ser un buen deportista no te da la categoría de sobresaliente de la humanidad.
"Cuando le gané al campeón de los veteranos de Europa, me fui con mi señora y mi suegro se quedó enfermo. En la casa de huéspedes donde paramos, a las tres de la mañana me despertó el casero por un llamado telefónico. Me puse el pijama y salí rajando. No se escuchaba bien y entendía: 'Murió'. Yo gritaba: '¿Quién murió?'. Mi señora pensó en el padre. Pero después entendí que era José María Muñoz, que me llamaba para decirme que Boca le había ganado a Independiente. Todo el hotel nos miraba como si estuviéramos festejando la victoria".
—¿Cuántos países recorrió?.
—Con el golf di la vuelta al mundo no menos de 30 veces. Empecé a viajar en 1947 y terminé en 1995. Por año, viajaba dos o tres veces a Estados Unidos, dos a Europa, una a toda América Latina, Australia, Japón, China. Vivía volando.
—¿Y pudo conocer el mundo?.
—No mucho. No viajé para conocer museos ni teatros, ni para escuchar conciertos. Soy ignorante en ese sentido, pero no soy ignorante en lo que a mi deporte se refiere. Conozco las canchas de golf y las mentalidades de los jugadores.
"Una vez jugaba con Severiano Ballesteros por un almuerzo y había que tirar a un green tapado por árboles. 'Cuando tenía tu edad, la tiraba por arriba de los árboles', le dije. No lo podía creer. Pero tiró por arriba y le fue mal. '¿Cómo hacías para pegarle bien?', me preguntó. Y yo le respondí: 'Es que cuando yo tenía tu edad, los árboles eran más bajos'".
—¿Qué relación tuvo con la política?.
—Siempre he sido un poco ajeno. No soy partidario de estar detrás de los políticos. Si me llaman, voy. Menem y De la Rúa me invitaron y fui a jugar con ellos. En Estados Unidos jugué con Eisenhower, Nixon, Ford y Bush padre. Pero mi intervención como golfista no influía en las decisiones de ellos, ni ellos en mis decisiones en la cancha de golf.
"Un día vino un político a mi cancha de golf y me ofreció un lugar en su actividad. Le expliqué que todos los días llegaba, me tomaba un café y caminaba cinco horas. '¡Qué linda vida!', exclamó. Y yo le contesté: '¿Y usted me la quiere cambiar? ¡Déjese de joder!'".
—¿Se siente respetado?.
—Sí, pero es un respeto amistoso, no la admiración que desata Maradona. Si Maradona le dice a un tipo: 'Te firmo un autógrafo si te tirás al suelo', el tipo se tira al suelo. Si yo le digo lo mismo, me contesta: '¿Por qué no te vas al carajo?'.
—¿Y si le dicen el Maradona del golf?.
—Puede ser que lo haya sido. Pero eso ya es otra cosa. Ahora no me gusta salir a jugar, porque cuando me ven pegar, los chicos se desilusionan. '¿Este es el campeón?', se preguntan. Y yo no me puedo mover, aunque a mi edad hay tipos que no pueden caminar.
Con su rendimiento estelar, Roberto De Vicenzo caminó las canchas de golf del mundo. "Lo peor es soñar con el juego que vas a hacer al día siguiente", asegura. Por eso él no se dedicó a soñar sino a jugar. Una simple fórmula que lo ubicó en la cima del golf argentino y mundial.
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